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SISTEMA DE PROTECCIÓN

Uxía Ferreiro denuncia maltrato institucional en una transición

Los niños no son paquetes de amazon.

Las transiciones, en el sistema de protección de menores, son uno de los momentos más delicados porque pueden sumar abandono.

Por eso, Uxía Ferreiro se suma a la denuncia de otra transición maltratante más; en este caso durante el paso de un acogimiento familiar a una adopción.

Esta práctica de "cortes limpios" se repite por toda la geografía española y cada vez hay más agentes protectores que dan un paso adelante y ejercen su derecho a notificar o denunciar estas prácticas.

"Mamá, no me sueltes: crónica de una separación forzosa y sobre el sistema de desprotección del menor del IMAS".

Desde que tenía cuatro días de vida, una niña ha dormido en mis brazos.

Durante veinte meses, yo he sido su refugio, su seguridad, su calma cuando despertaba llorando por la noche, su “mamá” cuando tenía miedo. No ha conocido otro hogar, ni otra familia, ni otro mundo que no fuera el nuestro.

Hace unos días me comunicaron que se había decidido su adopción por otra familia.

Como nos permite la ley a las familias de acogida presenté alegaciones a esta propuesta, no para impedir una adopción, no por posesión ni por interés propio, sino porque separar de forma brusca a una criatura de menos de dos años de la única figura de apego que ha conocido no es una decisión neutra, es una herida, dejar una de por vida y menospreciar su estabilidad familiar, emocional y su salud mental.

Lo peor de todo es que todo esto se lo ha causado los que ,supuestamente, tenían que velar por su interés superior y protegerla de todo mal.

A partir de ese momento, todo cambió.

El proceso de adaptación se convirtió en un infierno, una sucesión de decisiones frías, aceleradas y deshumanizadas sin tener en cuenta los tiempos necesarios para que el daño a la niña fuera el menor posible.

Durante la primera semana, personal del IMAS acudía a mi casa junto con la futura madre adoptiva para supervisar todo, algo no habitual en estos procesos.

Paradójicamente, en veinte meses nadie había acudido para preguntar cómo estaba la niña, cómo se desarrollaba, cómo se encontraba emocionalmente.

Después, se me prohibió acompañarla al que iba a ser su nuevo hogar para ofrecerle seguridad, para traspasarle la maternidad a su mamá adoptiva y que la niña sintiera que yo le “daba el visto bueno” a quien desde entonces iba a ser su mamá, ya que todos los psicólogos expertos así lo aconsejan.

Una niña que jamás había dormido fuera de casa fue trasladada prácticamente de golpe. Sólo pasó una noche en aquel domicilio antes de irse definitivamente.

No hubo tiempo de acostumbrarse a unos nuevos brazos, no hubo gradualidad, no hubo escucha. Ni siquiera se me facilitó información básica que permitiera preparar a la menor para el cambio, nada de como iba a ser su nueva vida. Como si yo hubiera cometido un delito por el simple hecho de ejercer mi derecho a alegar pensando en el interés superior del menor.

En varias ocasiones se me hizo sentir responsable de lo que estaba ocurriendo, como si defender el bienestar emocional de una niña fuese una falta que debía pagarse.

Como si alegar hubiese convertido el proceso en un castigo. Con todo ello han castigado a la pequeña, sin darle la oportunidad de ir acostumbrándose gradualmente a un cambio tan grande en su corta vida.

Abocándola a un nuevo sentimiento de abandono, en este caso sin sentido porque las cosas se podían haber hecho de forma en que el daño hubiera sido menor. Pero de nuevo los que debían protegerla la han dañado.

El día de la despedida fue el más duro de mi vida y, sobre todo, de la suya por como se ha hecho todo este proceso de adaptación.

La noche anterior, la niña había tenido vómitos y fiebre, los cuerpos somatizan el sufrimiento, por eso pedí aplazar el día de despedida, o entrega como lo llaman ellos, --como si fuera un paquete de Amazon--, al día siguiente.

Me dijeron que no, que el proceso debía continuar tal cual estaba previsto. Todo frío, despiadado con la niña y sin tener la más mínima empatía. Kafkiano: lo fundamental es el expediente, que cada papel vaya encima del anterior y debajo del siguiente.

A la hora acordada, tres” profesionales” y la madre adoptiva entraron en mi casa.

Cuando intentaron cogerla la niña se aferró a mí con desesperación. Su cuerpo entero temblaba, lloraba, gritaba, suplicaba. Repetía una y otra vez “mamá, mamá”, con el terror de quien no entiende por qué le están arrancando de esta forma de aquellos que la protegen y la cuidan desde que tenía seis días, de su familia hasta aquel día.

No quería soltarse!

No entendía!

Nadie la escuchó!

Se la llevaron mientras lloraba desconsoladamente, mientras gritaba el único nombre que conocía para sentirse a salvo.

Ni tan siquiera se permitió que mi hija de 15 años se despidiera de ella. Todo fue abrupto, inhumano y con cero empatía hacia la niña y la que había sido su familia hasta entonces.

Minutos después de cerrar la puerta, recibí un correo electrónico.

En él se me comunicaba que se cancelaban todas las visitas de despedida acordadas cuando se realizó el calendario de adaptación. Dos míseras visitas en los siguientes 15 días después de su marcha. Y que se me prohibía cualquier tipo de contacto con la familia adoptiva.

El vínculo no solo fue roto: fue cortado de raíz, sin transición, sin explicación, sin reparación posible.

Y lo fue contra el criterio expresado por una competente médica apenas un mes antes: que era de vital importancia para la menor que continuase con su familia de acogida y que no era oportuno realizar cambios en la estructura familiar de la menor porque podría perjudicar a su salud mental a corto y a largo plazo.

Sé que el acogimiento no es una adopción, ni que es la motivación inicial, siempre lo tuve muy claro. Pero también sé que el vínculo y buen apego es una necesidad vital, no una opinión. Que el vínculo no es de quita y pon. Que una separación así deja marcas de por vida. Que el interés superior del menor no puede medirse en plazos administrativos ni resoluciones cerradas.

Hoy no escribo sólo como familia de acogida.

Escribo como la persona que sostuvo a una niña mientras pedía auxilio con su llanto.

Como la voz que nadie quiso escuchar cuando dijo que aquello iba a doler.

Como alguien que si pensó en todo momento en su interés superior!

Porque lo que ocurrió no fue solo una despedida.

Fue una ruptura violenta del único mundo que una niña conocía.

¿Es éste el cuidado y la atención al interés superior del menor, el que debe primar por encima de cualquier otro? Venga Dios y lo vea.

Pero deben verlo también otras personas; personas que tengan la sensibilidad y la humanidad que los “funcionarios” del IMAS no han demostrado. Para ello, la menor es un paquete de AMAZON y el expediente es sagrado.

Sin comentarios.

LLR